No tengo para dar más que jirones, heridas, cicatrices y posguerra. Te regalo mi cruz y mi trinchera, mi zapatos de huir, mis medallas… pero nunca me pidas la bandera. Tendrías que ponerla sobre mi pecho después de que me muera entre tus brazos.

Será que no te apartas de mis ojos, que el tiempo de tus juegos se ha detenido de pronto y tan abruptamente, que te has olvidado de desandar los caminos, de deshacer corazones, de burlar a la muerte. Será que me encontraste a tu medida y te llovió por dentro.